Mitos y leyendas de Anubis: el guardián del más allá
Descubre los mitos y leyendas más relevantes de Anubis, el dios chacal que presidía la momificación, guiaba a los muertos y pesaba sus corazones.
Entre todas las divinidades del panteón egipcio, pocas poseen una silueta tan inconfundible como la de Anubis. Con cabeza de cánido y cuerpo humano, este dios presidió durante milenios los rituales funerarios, la protección de las necrópolis y el tránsito del alma hacia la otra vida. Su figura, sin embargo, no se reduce a la de un simple guardián de tumbas: tras él se acumulan mitos y leyendas que revelan la complejidad teológica del Antiguo Egipto. A continuación se recorren los relatos más significativos asociados a esta deidad, desde su origen hasta su papel en el juicio final del difunto.
El nacimiento oculto de Anubis

Uno de los mitos más difundidos sobre el origen de Anubis lo sitúa como hijo ilegítimo de Neftis, la hermana y esposa de Seth. Según la tradición recogida por autores clásicos y confirmada en textos funerarios, Neftis se sintió atraída por Osiris, esposo de su hermana Isis, y adoptó la apariencia de esta para yacer con él. De aquella unión secreta nació Anubis.
Temiendo la ira de Seth, Neftis abandonó al recién nacido en los pantanos del delta. Isis, alertada por los ladridos de un perro o, según otras versiones, guiada por su propia magia, encontró al niño y lo crió como si fuera suyo. Este episodio explica por qué Anubis aparece con frecuencia junto a Osiris e Isis en las escenas funerarias: aunque no era hijo legítimo de Osiris, fue acogido en el seno de la familia divina y se le encomendó la custodia del cadáver del dios asesinado.
La paternidad de Anubis varió según las épocas y los centros de culto. En el Imperio Antiguo se le consideraba hijo de Ra, vinculado así al ciclo solar. Más tarde, la tradición heliopolitana lo integró como descendiente de Neftis y, en algunos textos tardíos, se le atribuyó como padre al propio Seth. Esta fluidez genealógica no era una contradicción para los egipcios, sino un reflejo de la riqueza simbólica del dios.
Anubis y el asesinato de Osiris

El mito osiríaco constituye el eje narrativo en torno al cual gira buena parte de la iconografía de Anubis. Cuando Seth descuartizó el cuerpo de Osiris y dispersó los fragmentos por todo Egipto, fue Anubis quien se encargó de reunir los miembros y, con la ayuda de Isis y Neftis, de recomponer el cadáver. Este acto fundacional convirtió a Anubis en el primer momificador y en el protector por excelencia de los difuntos.
Los embalsamadores profesionales se consideraban a sí mismos servidores de Anubis. Durante la momificación, el sacerdote que colocaba la máscara funeraria sobre el rostro del difunto adoptaba la identidad ritual del dios. De este modo, cada muerto era identificado temporalmente con Osiris resucitado, y cada embalsamador con el Anubis que lo había preparado.
En los Textos de las Pirámides se afirma que Anubis «vendó» a Osiris, otorgándole la incorruptibilidad que todo difunto deseaba alcanzar.
Una variante menos conocida del mito narra que, tras la resurrección de Osiris, Anubis recibió de este la misión de vigilar la entrada al mundo inferior. El dios chacal se convirtió así en el centinela que impedía a los vivos penetrar en el reino de los muertos sin autorización y que, al mismo tiempo, escoltaba a las almas de los justos hacia su nueva morada.
El psicopompo: guía de las almas en la Duat
Una de las funciones más antiguas de Anubis fue la de psicopompo, es decir, conductor de las almas. Los egipcios creían que, tras la muerte, el ba y el ka del difunto debían atravesar la Duat, un territorio plagado de peligros: lagos de fuego, serpientes gigantescas, porteros con cuchillos y demonios devoradores. Anubis tomaba al difunto de la mano y lo conducía a salvo por los caminos del inframundo.
Esta función se representa con frecuencia en las viñetas del Libro de los Muertos, donde se observa a Anubis caminando junto al difunto o sosteniendo su mano en señal de protección. En algunas escenas, el dios aparece de pie sobre un pedestal en forma de barca, lo que subraya su papel de guía a través de las aguas del más allá.
La idea del guía divino no era exclusiva de Egipto. El psicopompo aparece en otras culturas del Mediterráneo antiguo, como el Hermes griego en su advocación Psychopompos. Sin embargo, Anubis se distingue por su vínculo directo con la momificación y con la geografía concreta de la Duat, descrita con minucioso detalle en los textos funerarios.
El pesaje del corazón
Quizá la escena más célebre de toda la iconografía funeraria egipcia sea el pesaje del corazón. En ella, Anubis actúa como supervisor de la balanza que determina si el difunto ha llevado una vida justa y, por tanto, merece acceder al campo de las ofrendas, el paraíso osiríaco.
El ritual se desarrollaba en la Sala de las Dos Verdades, presidida por Osiris. Anubis colocaba en un platillo de la balanza el corazón del difunto, sede de la conciencia y la memoria, y en el otro la pluma de Maat, símbolo de la verdad y el orden cósmico. Si el corazón pesaba lo mismo que la pluma, el difunto era declarado maá jeru, «justo de voz», y podía presentarse ante Osiris. Si el corazón resultaba más pesado, la balanza se inclinaba y el difunto era entregado a Ammit, un demonio con cabeza de cocodrilo, torso de león y cuartos traseros de hipopótamo, que lo devoraba provocando su aniquilación definitiva.
- El corazón era el único órgano que no se retiraba del cuerpo durante la momificación, pues era imprescindible para el juicio.
- En caso de deterioro o pérdida del corazón real, se colocaba en la momia un escarabejo de corazón con inscripciones mágicas destinadas a evitar que el órgano declarara contra su dueño.
- Anubis no era el juez supremo: su función consistía en manipular la balanza con precisión y comunicar el resultado a Osiris y al tribunal de los cuarenta y dos jueces.
La imagen del pesaje se popularizó enormemente durante el Imperio Nuevo y se reprodujo en papiros, sarcófagos y paredes de tumbas. Su presencia garantizaba al difunto que el ritual se cumpliría correctamente y que Anubis velaría por la exactitud de la medición.
Anubis y los chacales del desierto
La asociación de Anubis con el cánido tiene raíces prácticas. Antes de la consolidación de la necrópolis real en Guiza y luego en el Valle de los Reyes, los enterramientos se realizaban en fosas excavadas en la arena del desierto. Los chacales, animales necrófagos, solían desenterrar los cadáveres, lo que generó entre los egipcios una mezcla de temor y respeto hacia estos animales. Para aplacar su acción destructiva, se les rindió culto en la figura de un dios protector: si el chacal podía dañar al muerto, también podía protegerlo.
Esta dualidad se refleja en los epítetos del dios. Se le llamaba «Señor de la Tierra Sagrada», en alusión a la necrópolis, y «El que está sobre su montaña», referencia a las colinas desérticas donde se ubicaban los cementerios. La imagen del chacal negro, color asociado a la regeneración y a la tierra fértil del limo tras la crecida del Nilo, sintetiza esta ambivalencia entre la muerte y la esperanza de renacimiento.
Los perros sagrados de Cynópolis
En la localidad de Hardai, conocida por los griegos como Cynópolis, «ciudad de los perros», se rendía un culto especial a Anubis. Allí se criaban perros sagrados que eran alimentados con carne de calidad y adornados con collares. Cuando estos animales morían, eran momificados y enterrados en necrópolis propias, un honor reservado normalmente a seres humanos o a los animales más venerados.
Esta práctica, que causó extrañeza entre algunos autores grecorromanos, tenía una lógica religiosa clara: el perro o el chacal era la manifestación terrena del dios, y cuidarlo era una forma de servir a Anubis directamente. Las necrópolis de animales sagrados, documentadas también en Bubastis para los gatos o en Hermópolis para los ibis, confirman la importancia de esta devoción popular.
Anubis en los textos funerarios
Los Textos de las Pirámides, los más antiguos corpus religioso conocido, mencionan a Anubis en numerosas ocasiones. Se le describe como el dios que «abre los caminos» del difunto en el cielo y que protege el cadáver del rey con su propia presencia. En la pirámide de Unis, la más antigua en la que se inscribieron estos textos, Anubis aparece asociado a la mirada del faraón hacia las estrellas circumpolares, las que nunca se ponen y que simbolizan la eternidad.
Posteriormente, los Textos de los Sarcófagos, propios del Primer Periodo Intermedio y el Imperio Medio, ampliaron el repertorio de fórmulas dirigidas a Anubis. En ellos se le pide que aleje a los demonios, que abra la boca del difunto para que pueda hablar y alimentarse en el más allá, y que vigile la tumba durante la noche, momento en que los peligros del inframundo eran más intensos.
El Libro de los Muertos, ya en el Imperio Nuevo, consolidó el papel de Anubis como supervisor del pesaje. Varios capítulos contienen invocaciones directas al dios para que no permita que la balanza se incline en sentido desfavorable. El capítulo 125, que describe el juicio, incluye una viñeta en la que Anubis aparece de rodillas junto a la balanza, ajustando el fiel con suma precisión.
La máscara de Anubis y el ritual de la apertura de la boca
Uno de los rituales funerarios más importantes era la apertura de la boca, mediante la cual se devolvían simbólicamente al difunto los sentidos necesarios para vivir en el más allá: la vista, el oído, el habla y la capacidad de alimentarse. Anubis intervenía en este ceremonial, a menudo representado tocando la boca y los ojos de la momia con instrumentos rituales como el pesesh-kef, un utensilio de piedra con forma de cola de pez.
Los sacerdotes que ejecutaban el ritual portaban máscaras con la efigie de Anubis, transformándose temporalmente en el dios. Esta práctica subraya la dimensión performativa de la religión egipcia: no bastaba con invocar al dios, era necesario encarnarlo para que su poder actuara eficazmente sobre el difunto.
Anubis y la protección de las tumbas
Más allá de los grandes mitos, Anubis cumplía una función cotidiana y muy concreta: la vigilancia de las necrópolis. En las estelas funerarias y en las jambas de las tumbas se le invocaba con fórmulas breves pero contundentes, pidiéndole que castigara a quien profanara el sepulcro. Los ladrones de tumbas eran un problema real en el Antiguo Egipto, y la amenaza sobrenatural de Anubis constituía un disuasorio más, junto a las maldiciones inscritas y a la vigilancia humana.
En las tumbas reales del Imperio Nuevo, la figura de Anubis pintada o esculpida en los muros de las cámaras funerarias actuaba como guardián permanente. En la tumba de Tutankamón, por ejemplo, se encontró un santuario canópico custodiado por una estatua de Anubis en forma de chacal negro, depositada sobre un santuario dorado. Esta pieza, de extraordinaria calidad artística, resume la función protectora del dios: vigilar los vasos canopos que contenían las vísceras del rey.
La fusión con Wepwawet y otras deidades
En algunos periodos y regiones, Anubis se fusionó con Wepwawet, otro dios con aspecto de cánido cuyo nombre significa «el que abre los caminos». Wepwawet, originario de Asiut, la Licópolis griega, compartía con Anubis la función de guía funerario y protector de la necrópolis. La identificación entre ambos no fue total, pero sí lo bastante frecuente como para que en ciertos textos resulte difícil distinguirlos.
También se produjo sincretismo entre Anubis y Horus en su advocación de Horus cynocephalus, así como con el dios griego Hermes en la época ptolemaica. De esta fusión nació Hermanubis, una dividad representada con cuerpo humano, cabeza de chacal y atributos herméticos como el caduceo. Este sincretismo refleja la capacidad de adaptación de la religión egipcia ante el contacto con otras culturas.
Anubis en la literatura y la tradición posterior
La figura de Anubis trascendió las fronteras de Egipto. En la literatura griega y romana se le menciona con una mezcla de fascinación y recelo, asociándolo a las prácticas funerarias y a la magia. En la novela El asno de oro de Apuleyo, Anubis aparece en una procesión isíaca, lo que demuestra la pervivencia de su culto en el Mediterráneo durante los primeros siglos de la era común.
En la tradición copta y, posteriormente, en la cultura popular egipcia, la imagen del chacal o del perro negro siguió vinculada a la protección de los cementerios y a ciertos rituales de paso. Aunque el culto formal desapareció con la implantación del cristianismo y, más tarde, del islam, la memoria de Anubis como guardián de los muertos permaneció en el imaginario colectivo.
Legado de Anubis
Anubis no fue nunca el dios más poderoso del panteón, ni el que gozó de los templos más grandiosos. Sin embargo, su presencia fue constante en la vida religiosa de los egipcios durante más de tres milenios. Cada difunto, desde el faraón hasta el humilde campesino que podía permitirse un modesto entierro, necesitaba de su protección para alcanzar la vida eterna. Los mitos que lo rodean, desde su nacimiento secreto hasta su papel en el pesaje del corazón, dibujan el retrato de una divinidad cercana al sufrimiento humano, compasiva con el muerto y vigilante implacable de las leyes del más allá. En cada balanza que se inclinaba hacia la justicia, en cada venda de lino que envolvía la momia y en cada paso dado en la oscuridad de la Duat, Anubis estaba presente, fiel a la promesa que un día hizo a Osiris: que ningún muerto quedaría desampajado en el camino hacia la eternidad.